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domingo, 26 de diciembre de 2010

La verdadera Navidad.


La Navidad es una época de mucho ajetreo. Las calles y las tiendas están repletas de gente con los preparativos de última hora. Aumenta el tránsito en las carreteras, los aeropuertos se abarrotan… toda la cristiandad parece revivir con la música, las luces y las decoraciones festivas.

Una escritora ha dicho:

“De todas las festividades, ninguna [como la de la Navidad] penetra tanto el corazón humano ni inspira sentimientos más sublimes. Los pensamientos, los recuerdos, las esperanzas y las tradiciones ligadas a ella se vinculan colectivamente a la antigüedad y a la nacionalidad, e individualmente a la infancia y a la vejez. Abarca los aspectos religioso, social y patriótico de nuestra naturaleza. El acebo y el muérdago se entrelazan entre las ramas de los pinos, la costumbre de hacer regalos a las personas que se quieren, la presencia del árbol de Navidad, la superstición de Papá Noel (Santa Claus, Santo Clos, San Nicolás), todo ello hace de la Navidad la festividad más anhelada, la más universal y, desde cualquier punto de vista, la más importante para el hombre” [Clarence Baird, “The Spirit of Christmas”, Improvement Era, diciembre de 1919, pág. 154].

El origen de la Navidad

Esta época está llena de tradición y sus raíces se remontan a la historia. El origen de esta fiesta hay que buscarlo en la adoración pagana anterior a la introducción del cristianismo. El dios Mitra era adorado por los antiguos arios, adoración que se extendió gradualmente por India y por Persia. Al principio, Mitra era el dios de la luz celestial de los brillantes cielos y en el posterior periodo romano fue adorado como la deidad del sol o el dios sol: Sol Invictus Mithra.

En el primer siglo [antes de] Cristo, Pompeyo conquistó la costa meridional de Cilicia, en Asia Menor, y muchos de los que fueron hechos prisioneros en las campañas militares fueron llevados cautivos a Roma. Así se introdujo en Roma la adoración pagana de Mitra, pues esos prisioneros difundieron su religión entre los soldados romanos. Esa adoración se popularizó, particularmente en el ejército de Roma. En la actualidad aún se ven entre las ruinas de antiguas ciudades pertenecientes al imperio romano los santuarios de Mitra. El mitraísmo floreció en el mundo romano y se erigió en el principal competidor de la cristiandad en las creencias religiosas de la gente.

La festividad de los adoradores del dios sol se celebraba inmediatamente después del solsticio de invierno, el día más corto del año, época en la que el sol permanece como inmóvil después de su descenso anual en el hemisferio sur. El inicio de su ascenso desde ese punto más bajo se consideraba el renacer de Mitra, y los romanos celebraban su cumpleaños el 25 de diciembre de cada año. Ésa era una festividad de mucha celebración: fiestas, comidas, regalos que se hacían a los amigos y temporada en la que las viviendas se decoraban con ornamentación vegetal.

Con el tiempo, el cristianismo superó al mitraísmo, que había sido su más fuerte rival, y la festividad en la que se celebraba el nacimiento de Mitra fue adoptada por los cristianos para conmemorar el nacimiento de Cristo. La adoración pagana del sol, profundamente arraigada en la cultura romana, se vio reemplazada por la mayor de las celebraciones cristianas. La Navidad ha llegado hasta nosotros convertida en un día de gratitud y regocijo, un día de alegría y buena voluntad para con los hombres. Aun cuando tiene una relación y un significado terrenales, su contenido es divino. La antigua celebración cristiana ha perdurado a través de los siglos.

El significado actual de la Navidad

¿Qué sentido tiene hoy la Navidad? La leyenda de Papá Noel, el árbol de Navidad, las guirnaldas decorativas y el muérdago, así como los regalos, todo ello nos manifiesta el espíritu del día que celebramos; pero el verdadero espíritu de la Navidad es mucho más que eso. Se halla en la vida del Salvador, en los principios que enseñó, en Su sacrificio expiatorio, el cual es nuestro gran patrimonio.

Hace muchos años, la Primera Presidencia de la Iglesia declaró lo siguiente:

“Para los Santos de los Últimos Días, la Navidad consta de un elemento recordatorio y de uno profético. Por un lado es un recordatorio de dos acontecimientos grandes y solemnes, que se recordarán como los sucesos más poderosos y más maravillosos de la historia de la humanidad. Se [preordenó] que ambos tuvieran lugar antes de la creación de este planeta. Uno de ellos fue la venida del Salvador, en el meridiano de los tiempos, para morir por los pecados del mundo; el otro es la futura venida del Redentor resucitado y glorificado, para reinar en la tierra como Rey de reyes” [“What Christmas Suggests to a Latter-day Saint”, Millennial Star, 2 de enero de 1908, pág. 1].

En su breve epístola a los gálatas, Pablo muestra su gran preocupación por la evidente incredulidad de ellos y su abandono de las enseñanzas sobre el Cristo cuando les escribió: “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre, y no solamente cuando estoy presente con vosotros. Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:18–19). En otras palabras, Pablo manifestó sentir dolor y ansiedad hasta que Cristo fuese “formado” en ellos, que es otra manera de decir, “[estar] en Cristo”, expresión que Pablo emplea habitualmente en sus escritos.

Cristo puede nacer en la vida de los hombres, y cuando esta experiencia tiene lugar, se dice que tal hombre es “en Cristo”, es decir, que Cristo se ha “formado” en él. Ello presupone que aceptemos a Cristo en nuestro corazón y que hagamos de Él la mayor influencia en nuestra vida. Cristo no es una verdad general ni un dato histórico, sino que es el Salvador de los hombres en todo lugar y en todo momento. Al esforzarnos por ser como Cristo, Él “se forma” en nosotros; si abrimos la puerta, Él entra; si buscamos Su consejo, Él nos aconseja. Para que Cristo sea “formado” en nosotros, debemos creer en Él y en Su expiación. Esa creencia en Cristo y guardar Sus mandamientos no supone obstáculo alguno; más bien los hombres son libres gracias a ambos. El Príncipe de Paz aguarda para darnos paz mental, con lo cual podemos convertirnos en conductos de esa paz.

La verdadera Navidad acude a aquel que ha aceptado a Cristo en su vida como una fuerza impulsora, dinámica y revitalizadora. El verdadero espíritu de la Navidad yace en la vida y en la misión del Maestro. Prosigo con la definición del verdadero espíritu de la Navidad:

“Es un deseo de sacrificarse por los demás, de brindar servicio y de poseer un sentimiento universal de hermandad. Consiste en la disposición para olvidar lo que has hecho por los demás y recordar únicamente lo que los demás han hecho por ti; es olvidar lo que el mundo te debe y pensar sólo en… tus deberes desde un punto medio, y en la ocasión de obrar bien y de ayudar al prójimo desde un primer plano; consiste en ver que el prójimo es tan bueno como tú y tratar de mirar más allá del rostro, en el corazón, y en cerrar tu libro de quejas contra el universo y buscar un lugar donde sembrar las semillas de la felicidad sin que nadie te vea” [Improvement Era, diciembre de 1919, pág. 155].

Al reflexionar en la Navidad, James Wallingford escribió lo siguiente:

La Navidad no es un día ni una estación, sino una condición del corazón y de la mente.

Si amamos al prójimo como a nosotros mismos;

Si en nuestra riqueza somos pobres en espíritu y en nuestra pobreza somos ricos en misericordia;

Si nuestra caridad no se gloría en sí misma sino que es sufrida y benigna;

Si cuando nuestro hermano nos pide un pan, nos entregamos a nosotros mismos;

Si cada día nace repleto de oportunidades y muere habiendo logrado algo, sin importar cuán pequeño sea,

Entonces cada día es de Cristo y la Navidad siempre está próxima.

[En Charles L. Wallis, editor, Words of Life, 1966, pág. 33]

Un hombre sabio ha dicho:

“Lo más asombroso del relato de la Navidad es su relevancia. Encaja en cualquier edad y en cualquier fase de la vida. No es un simple cuento encantador que se relata una vez; antes bien, es eternamente actual. Es la voz que clama en todo desierto. Tiene tanto sentido para nosotros como lo tuvo aquella noche tiempo ha cuando los pastores siguieron la luz de la estrella hasta el pesebre de Belén” [Joseph R. Sizoo, en Words of Life, pág. 33].

Se ha dicho que la Navidad es para los niños, pero a medida que los años de la infancia van quedando atrás y van siendo reemplazados por la madurez, la sencilla enseñanza del Salvador con respecto a que “más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35) se hace realidad. La evolución de una fiesta pagana transformada en una festividad cristiana para conmemorar el nacimiento de Cristo en la vida de los hombres es otra forma de madurez que sólo se obtiene cuando se ha sido enternecido por el Evangelio de Jesucristo.

Busquen el verdadero espíritu de la Navidad

Si desean buscar el verdadero espíritu de la Navidad y participar de su dulzura, permítanme hacerles la siguiente sugerencia. Durante el ajetreo de las fiestas de esta Navidad, aparten un tiempo para volver su corazón a Dios. Tal vez en las horas de quietud, en un lugar tranquilo y arrodillados (a solas o acompañados de sus seres queridos), den gracias por todo lo bueno que hayan recibido y pidan que Su Espíritu more con ustedes al esforzarse con denuedo por servirle y guardar Sus mandamientos. Él los llevará de la mano y cumplirá Sus promesas.

Sé que Dios vive. Doy testimonio de la divinidad de Su Hijo, el Salvador del mundo, y manifiesto mi aprecio por la bendición que supone tener en la tierra un profeta del Dios viviente.

Fuente.

sábado, 25 de diciembre de 2010

11 de Septiembre -¿ El día exacto de nacimiento de Jesús ?


Leamos atentamente Apocalipsis 12:1-5

(1) Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
(2) Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
(3) También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas;
(4) y su cola ] arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.
(5) Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono.

La escena descripta es simbólica, difícilmente podría referirse a la virgen María, ya que a esta “mujer” se la asocia con el Sol, la Luna y doce estrellas. Juan dijo que “apareció en el cielo una gran señal” y el libro de Génesis dice que Dios creó a los astros como “señales” para separar día y noche, tiempos y estaciones (Gén. 1:14). Entonces, es muy probable que estas “señales” se traten de señales astronómicas. Veremos cómo esta señal descripta en Apocalipsis nos dirige hacia la fecha exacta de nacimiento de Jesús, según el estudio del erudito Ernest Martin, en su libro “The Star of Bethlehem” (La estrella de Belén).

En Apocalipsis 1:1 la mujer se halla “en el cielo,” luego de que el dragón arrojara la tercera parte de las estrellas a la Tierra, la mujer pasa a estar en la Tierra (vers. 4 al 14), así que sólo los primeros versículos pueden estar haciendo referencia a señales astronómicas.

Ya que el Sol y la Luna estaban en medio, o en línea con el cuerpo de esta mujer, ella podría ser, de modo simbólico, una constelación situada en la ruta normal del Sol y la Luna. La única señal de una mujer que existe en la ruta que sigue el Sol en su viaje hacia las estrellas es Virgo (la virgen). La cabeza de la mujer se mete unos 10 grados dentro del signo previo, Leo, y sus pies se superponen unos 10 grados en el signo siguiente: Libra. En el período del nacimiento de Jesús el Sol entró en su curso anual a través de las estrellas en la parte de la cabeza de la mujer alrededor del 13 de agosto y salió por sus pies alrededor del 2 de octubre. Pero el apóstol Juan vio la escena cuando el Sol estaba “vistiendo” o “adornando a la mujer,” esto sería entre el cuello y las rodillas. Esto sucedió en un período de unos 20 días, entre el 27 de agosto y el 15 de Septiembre. Teniendo en cuenta que el Mesías nacería de una virgen, es lógico suponer que nacería bajo la constelación de Virgo. Bullinger dice, en “The Witness of the Stars” (El testimonio de las estrellas), que Virgo es el signo designado como el testigo celestial del nacimiento del Mesías (Jesús).

Como dijimos, el nacimiento de Jesús, según Apocalipsis 12, debió suceder mientras el Sol “vestía” a la mujer, o sea, mientras el Sol estaba a mitad del cuerpo de Virgo, lo cual sucedió entre el 27 de agosto y el 15 de septiembre del 3 a.C., lo cual encaja perfectamente con el testimonio de Lucas acerca del nacimiento de Juan el Bautista, que ya hemos analizado.

Pero podemos precisar aún más la fecha de nacimiento de Jesús, llegando a obtener el día exacto. La clave está en la Luna. Juan dijo que estaba situada “bajo sus pies.”

Como los pies de Virgo representan los últimos 7 grados de la constelación, la Luna tiene que haber estado posicionada en un arco de 7 grados para satisfacer la descripción de Apocalipsis 12. Pero también tuvo que haber estado en esa posición mientras el Sol estaba en la mitad de Virgo. En el año 3 a.C. estos dos factores sucedieron simultáneamente durante alrededor de una hora y media, como se podría haber observado desde Palestina o desde Patmos, esto sucedió en el crepúsculo del 11 de Septiembre. Esta relación comenzó cerca de las 18:15hs (la puesta del Sol) y duró hasta alrededor de las 19:45hs (cuando sale la Luna). Este es el único día en todo el año en que el fenómeno astronómico descrito en Apocalipsis 12 pudo haber tenido lugar. Fue el 11 de Septiembre, no pudo haber sido en otro momento del año, un día antes la Luna habría estado por encima de los pies de Virgo, y un día después (12 de Septiembre) la Luna se habría movido muy lejos de los pies de la virgen. Sólo un día encaja, el 11 de Septiembre del 3 a.C., en la puesta del Sol.

Esto encaja con la descripción del nacimiento de Jesús dada por Lucas:

Lucas 2:8-11
(8) Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
(9) Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
(10) Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
(11) que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.

Juan también dice que la mujer tenía sobre su cabeza “una corona de doce estrellas.” El profesor Thorley ha demostrado que en ese día hubo exactamente 12 estrellas visibles desde la Tierra, lo cual se puede observar en el Atlas de Norton

Lo que es aún más asombroso en todo esto es que ese día, el 11 de Septiembre del 3 a.C., en el calendario judío fue el 1 de Tishri, que es el comienzo del año judío y es el día de la "fiesta las trompetas". Al comprender esto, podremos ver todo el simbolismo que emerge.

El 1 de Tishri fue el día en que Noé quitó la cubierta del Arca (Génesis 8:13), fue el “nuevo nacimiento” de la Tierra, luego del Diluvio. Muchos judíos incluso creen que ese fue el primer día de creación en Génesis. Tiempo después, Tishri pasó a ser el séptimo mes, y el primer día pasó a ser un día de santa convocación que debía conmemorarse al son de las trompetas (Levíticos 23:24; Números 29:1), y por eso era llamado “el día de las trompetas.”

El 1 de Tishri fue contado como el día de inauguración del reinado de muchos reyes de Judá, además, la asunción de un rey siempre era acompañada con trompetas (1 Reyes 1:34; 2 Reyes 9:13; 11:11).

Entre los judíos, cada inicio de mes era anunciado con trompetas, y en el séptimo mes (Tishri) se tocaba la séptima trompeta, que era la última en ser tocada, porque a partir de allí comenzaban los meses festivos. Noten cómo encaja este simbolismo en Apocalipsis 11, cuando se toca la séptima trompeta:

Apocalipsis 11:15

El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.

Cuando el ángel toque la séptima trompeta todos los reinos del mundo van a ser de nuestro Señor Jesucristo. El día en que nació, fue el día de la séptima trompeta, lo cual nos muestra que desde el día de su nacimiento Dios anunció que él sería el Rey de este mundo.

Es así que la Biblia nos asombra una vez más, mostrándonos datos astronómicos precisos sobre el día de nacimiento de Cristo. No fue un día común para la humanidad, y ciertamente no lo fue para Dios, quien había estado esperando este día durante siglos, y acomodó todas las señales del cielo para que anuncien el nacimiento de Su Rey, aquél que traerá paz a la Tierra en Su futuro reino.

Pablo Pereyra

martes, 14 de diciembre de 2010

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22, 15-21)

“Mi Reino no es de este mundo”

(Juan 18, 33-37)

El hombre (varón o mujer), se distingue de los demás objetos o seres de la creación, por tratarse de un ser conciente y libre, atributos que le confieren la digna calidad de persona, en cuya naturaleza se encuentra indisolublemente unido lo espiritual y lo material.

Jacques Maritain nos recuerda que: “Decir que el hombre es una persona, es decir que en el fondo de su ser es un todo, más que una parte, y más independiente que siervo. Este misterio de nuestra naturaleza es el que el pensamiento religioso designa diciendo que la persona humana es la imagen de Dios. El valor de la persona, su libertad, sus derechos, surgen del orden de las cosas naturalmente sagradas que llevan la señal del Padre de los seres y tienen en sí el término de su movimiento. La persona tiene una dignidad absoluta porque está en relación directa con lo absoluto, único medio en que puede hallar su plena realización; su patria espiritual es todo el universo de los bienes que tienen valor absoluto, y que reflejan, en cierto modo, un absoluto superior al mundo, hacia el cual tienden.(Los Derecho del Hombre y la Ley Natural, página 13, Colección Orfeo, 1956)

En su alma, espiritual, luce la libertad, que le permite a su voluntad decidir lo que le es bueno, en su cuerpo se da la vida, y en el desarrollo de su personalidad el trabajo.

La libertad, la vida y el trabajo son bienes fundamentales del hombre, que cuando interactúa con otras personas en la vida social, necesita defenderlos de los posibles ataques que injustamente lo avasallen o limiten, así es como nace el derecho a la libertad, el derecho a la vida y el derecho al trabajo.

Cuando la libertad es empleada por el hombre para decidir sobre su relacionamiento con Dios, tenemos lo que conocemos como la libertad religiosa, y cuando la misma debe ser defendida frente a los ataques que puede recibir de otras personas o de la autoridad social, surge el derecho a la libertad religiosa, que las reglas y normas morales y positivas deben reconocer y garantizar. En consecuencia, la libertad religiosa, por su proyección sobrenatural, es la primera de las libertades, el primer derecho; que debe ser respetado y protegido por las constituciones, los tratados internacionales y las leyes frente a los embates que otras personas o la autoridad social le puedan inferir.

Desde la profundidad de la conciencia de las personas opera la libertad, que es un medio para decidir sobre un fin, y se proyecta a la vida social, siendo su ejercicio y desarrollo normado por reglas morales, mientras no se expresen en el interactuar de las personas; y en leyes naturales o positivas, cuando se dan en la vida social, para que las decisiones libres de unos no afecten ni avasallen las de otros, para que así se produzca el equilibrio social que exige la justicia –“el dar a cada uno lo suyo” -, que es la esencia del derecho.

El hombre ejerce su libertad religiosa: cuando decide creer en Dios y aceptar su voluntad y mandatos; cuando decide rendirle culto; cuando se reúne o asocia con otras personas para hacerlo; cuando se incorpora, cambia o abandona una confesión o comunidad religiosa; cuando adopta las creencias, dogmas, reglas y participa de los ritos de su religión; cuando elige expresar, transmitir o recibir información religiosa; cuando presta juramento o hace promesas en base de sus creencias religiosas; cuando pide ser asistido por ministros de su confesión religiosa por estar internado en un hospital, asilo o cárcel, o por prestar servicios en una institución militar, o en un organismo de seguridad; cuando conmemora las festividades de su comunidad religiosa; cuando se dispone a recibir o impartir educación religiosa para sí o para sus hijos o personas que de él dependan; cuando decide contraer matrimonio según los ritos de su religión; cuando construye o establece, con su comunidad religiosa, templos o lugares destinados al culto, cementerios, instituciones educativas, hogares, seminarios, centros educativos, editoriales o medios de comunicación.

El ejercicio de la libertad religiosa debe ser defendido invocando el derecho a la libertad religiosa y el mismo debe ser garantizado por las constituciones, los tratados internacionales, las leyes y demás normas positivas.

Fuente